THE MAN WITH TWO FACES (1934)

A Jessica Wells (Mary Astor) le van bien las cosas en su retorno al teatro después de una época de problemas emocionales. En su vuelta al trabajo está en un momento dulce en lo personal y en cuanto a interpretación, y además cuenta con el apoyo de su hermano Damon (Edward G. Robinson), figura de Broadway, exigente y despótico a partes iguales. Todo parece ir bien hasta que vuelve a sus vidas Stanley Vance (Louis Calhern), esposo de Jessica al que daban por muerto. Desde su aparición es bastante obvio que ejerce una profunda influencia sobre Jessica, que no puede evitar actuar como una marioneta de Vance, y Vance toma las riendas de la carrera profesional de su mujer y se acomoda en la casa de la tía de los Wells con sus mascotas: dos odiosas ratas. Los familiares, colegas y amigos de Jessica no pueden hacer mucho para sacar a la actriz de la nefasta influencia de Vance, así que Damon elabora un plan para quitárselo de encima, que se basa en hacerse pasar por un representante teatral para citarlo en un hotel y ajustar cuentas allí.

Dirigida por Archie Mayo, de sobras conocido por su trabajo con los Hermanos Marx o en El Bosque Petrificado, este film cuenta con un guion tan interesante como difícilmente creíble, y una muy buena labor de su trío protagonista. El mayor problema que tiene El Hombre De Las Dos Caras es que ya desde el título mismo se echa a perder el principal golpe de efecto de la película, que es la caracterización de Damon en representante francés para engañar a su cuñado. Además, si no fuera por el título y aunque puede ser que esa no fuera la intención de la película, es fácil darse cuenta desde el primer momento en que aparece Chautard, el representante francés, a pesar de la caracterización y transformación, que es Robinson y por tanto Damon Wells quien está debajo de todo ese maquillaje. Aunque el acento afrancesado empleado por Robinson es bastante convincente y algunos de sus rasgos físicos, caso de su características cejas, están ocultos eficazmente, la excesiva personalidad y su voz no dejan ninguna duda. Algo así también ocurre en La Huella de Mankiewicz, aunque quizás el problema personal con esa intervención disfrazada de Michael Caine, que era más difícil de relacionar físicamente con el actor británico, fue saber de antemano que ese film prácticamente sólo contaba con la participación de Caine y Laurence Olivier. Pero de la misma manera que saber que ese inspector en La Huella era Caine desde el principio no supone ningún problema a la hora de disfrutar enormemente de ese film, en El Hombre De Las Dos Caras nada impide disfrutar de la actuación de Robinson, que lo borda especialmente como instigador de sus colegas y su novia actriz, tan brillante como actor teatral y tan prepotente y soberbio, que encuentra la horma de su zapato momentánea en su cuñado. Mary Astor demuestra su clase, mayormente cuando su espeluznante marido no la convierte en un vegetal, aunque sus momentos zombie son muy buenos, y especialmente es de resaltar la presencia de Louis Calhern, excelente e irritante por igual.

Otra película en la que Robinson hacía gala de su adicción tabaquera, en esta ocasión fumando una pipa. Siempre reconoció que si muchos de los personajes que interpretó fumaban era porque él fumaba muchísimo en la vida real, y no podía prescindir de ello fácilmente. Especialmente los habanos formaban parte de su vida, en varias de sus películas su personaje aparecía diciendo una frase del estilo: “Toma un cigarro, es de La Habana, los hacen para mi”, lo cual era totalmente cierto en la vida real. Aceptó uno de sus primeros trabajos cinematográficos, The Bright Shawl de 1923, ya que el rodaje iba realizarse en La Habana, motivo más que sobrado para olvidarse momentáneamente de Broadway y viajar a Cuba a comprar cigarros personalmente con los gastos pagados, y de paso ganar un dinero participando en una película.

Como bien dijo el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, si Bogart era el mejor fumador de cigarrillos de Hollywood, Robinson fue el mejor fumador de puros. Ya desde Little Caesar se puede observar esa pasión por los cigarros, algo que era muy significativo y hasta un símbolo de poder, incluso puede que más que las armas de fuego para sus personajes más violentos. Es curioso el caso del ya fallecido Cabrera Infante, no sólo guardaba un parecido físico extraordinario con Edward G. Robinson, quienes le conocieron también afirman del tremendo parecido de sus voces. Ese parecido físico incluso llegó a asombrar a la viuda de Robinson cuando conoció personalmente a Cabrera Infante, quien por supuesto admiraba profundamente al actor y compartían esa pasión por los cigarros, como es bastante obvio por el libro del escritor de origen cubano Holy Smoke (Puro Humo).

Otro rasgo muy marca de la casa de Robinson, muy apreciable durante toda la película, es el hecho de llevar el último botón de su chaqueta o chaleco desabrochado. En muchos de sus films se puede observar ese detalle, independientemente del tipo de papel que hiciera. Pero al contrario de su pasión por los cigarros de esto no he encontrado referencia alguna. Mi interpretación de algo así es que tal vez fuera por inconformismo o por querer imponer su ley, ya que no es habitual ver ese tipo de detalles en el cine de esa época, y menos cuando en muchos de los casos el vestuario que se empleaba era impecable, con esos trajes tan elegantes en tantas ocasiones.

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