THE PRIZE (1963)

Andrew Craig (Paul Newman), escritor tan pendenciero como encantador y escaso de ideas, que tiene que subsistir escribiendo novelas detectivescas bajo pseudónimo para ganarse la vida esperando que la inspiración para escribir cosas más relevantes vuelva, recibe el Premio Nobel de Literatura gracias a su obra anterior. Craig viaja a Estocolmo a recoger un premio que desprecia inicialmente aunque los 50.000 dólares que conllevan le hacen cambiar su intención inicial aunque no su opinión y su cinismo. Allí, acompañado por una representante del gobierno (Elke Sommer) tan sexy como glacial en primera estancia, se reúne con otros premiados, algunos con situaciones personales de lo más rocambolescas. Y aparte está el científico Max Stratman (Edward G. Robinson), alemán refugiado en Estados Unidos donde realiza grandes avances en energía solar. A Craig le extraña que al día siguiente de conocerse el profesor no se acuerde de él y observa un repentino cambio de carácter, además el escritor recibe una extraña llamada que le cita en una casa en la parte antigua de Estocolmo para recibir información sobre Stratman y se ve envuelto en una vorágine de acontecimientos en la que trata de confirmar sus sospechas de que el doctor Stratman ha sido suplantado, aunque nadie le crea al principio.

En El Premio, dirigida audazmente por Mark Robson, tenemos todos los elementos de suspense, misterio, acción y humor que conforman el universo Hitchcock aunque no llegue a la altura de los clásicos del mito británico o a otra muy influenciada por él como la genial Charada de Stanley Donen. Aún así es una película de la que se puede disfrutar enormemente, hay momentos muy divertidos y no da un sólo respiro en sus 130 minutos. Quizás el punto más flojo del film es cuando el falso Stratman es desenmascarado y pasa a ser interpretado por otro actor, seguramente el resultado hubiera sido más efectivo si el propio Robinson hubiera estado detrás de toda esa caracterización con peluca, bigote y barbas postizas, y además, el cambio de voz entre los dos actores da una sensación un tanto extraña y demasiado antinatural.

Esta sería la primera vez que actuaron juntos Robinson y Paul Newman, situación que se repetiría un año después con The Outrage, aunque en El Premio los dos actores interactúan, algo que no ocurre en el remake americano de Rashomon de Kurosawa.

El premio es un vehículo perfecto para Paul Newman, que exhibe todas sus dotes cómicas y deja claro por qué ha llegado a ser un mito, con unas situaciones y unas frases a las que saca partido como nadie, aunque llegara a clasificar el film como un simple divertimento. Bellísima y brillante Elke Sommer como severa guardiana del sarcástico escritor aunque no tarda en dejarse llevar por el encanto de su protegido a pesar de la frialdad inicial.

Y Edward G. Robinson, tremenda doble actuación donde da una muestra de qué quiere decir eso de “actor camaleónico”. Ya había tenido otro fantástico doble papel en la comedia de John Ford, The Whole Town’s Talking treinta años atrás interpretando a dos personajes muy opuestos. En El Premio, con muy pocas diferencias gestuales y de entonación hay tal evidencia de lo opuestos que son sus dos personajes que uno no puede dejar de maravillarse con lo que era capaz de hacer. Si el doctor Max Stratman es todo simpatía y dignidad, que no duda en abroncar afectuosamente al cínico escritor, el supuesto suplantador, el profesor Walter Stratman es oscuro y taimado, que resulta desagradable en todo momento. En un personaje el acento alemán empleado por Robinson es puro encanto, en el otro severo y antipático. Es muy poco habitual encontrar a un artista que a tan avanzada edad y con un estatus tan legendario nunca dejara de mejorar y que a cada película, por menor que fuera su papel, siempre dejara constancia de su clase. En El Premio tiene escenas que son oro puro, una actuación memorable de un genio, una estrella que disfrutaba de su trabajo, eso es más que evidente. Es muy emotiva la escena donde el doctor Stratman, ya liberado de sus secuestradores, accede a recoger el Nobel, algo que su personaje deseaba más que nada y suponía el punto culminante de su vida, y es pura emoción lo que transmite el actor en su deseo de llegar a tiempo a la entrega de premios a pesar de su precaria salud, y cuando está con los demás premiados en el final de la ceremonia, son planos muy cortos pero Robinson hace que sean muy grandes.

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