HOUSE OF STRANGERS (1949)

hosGino Monetti (Edward G. Robinson) es un inmigrante italiano que llegó a Nueva York siendo joven y que gracias a mucha austeridad y trabajo consigue pasar de barbero a llegar a ser dueño de un banco, que dirige de forma cochambrosa y le sirve para dar trabajo a tres de sus hijos, a los que trata con mano de hierro, mucho despotismo y poco sueldo, sin darse cuenta de que está cimentando una relación paterno-filial llena de resentimiento. Max (Richard Conte), que es el único de los vástagos que es tratado con respeto por Gino, es un eficaz abogado y alguien con mucho más carácter que sus hermanos. Se enamora de Irene Bennet (Susan Hayward), una atractiva mujer con la que había contactado por motivos profesionales, aunque ya estaba comprometido para casarse con otra mujer. Pero se siente enormemente atraído por Irene, que tiene demasiada personalidad como para dejarse tratar  como un simple divertimento mientras los Monetti preparan la boda de Max. Por otra parte Gino, que es un hombre chapado a la antigua, bastante usurero en algunas de sus actividades financieras aunque con buen corazón para otras, ni siquiera entiende las leyes por las que se rigen las entidades bancarias y teme acabar en prisión después ser llevado a juicio y de que una auditoría hiciera que el gobierno le cerrase el banco después de haberse actualizado las leyes en la década de los 30. Junto con Max llega a la conclusión de que lo mejor es que sus hijos aleguen responsabilidad conjunta para poder aminorar su responsabilidad, pero ellos lo ven como oportunidad de quitarse de encima a un padre autoritario que no deja pasar una oportunidad para humillarlos y que ahora sólo tiene a uno de sus hijos para ayudarle a hacer frente a la justicia.

Odio Entre Hermanos no es uno de los títulos más destacados dentro de la excelente filmografía de Joseph L. Mankiewicz, lo cual no quiere decir que esté por debajo de Eva Al Desnudo o La Huella, ni mucho menos. Ésta es una película esencial y maravillosa, filmada con una elegancia soberbia, donde nada sobra y todo encaja a la perfección. Uno de esos films que te atrapa desde el inicio y con el que a cada visionado descubres cosas nuevas, siendo realmente difícil destacar una escena sobre otra. Cuesta imaginar a Richard Conte y Susan Hayward con mejores actuaciones que en Odio Entre Hermanos, así como se puede decir que Edward G. Robinson ofrece aquí una de las interpretaciones más memorables de toda su carrera, que le valió su único premio a mejor actor por una película, en el festival de Cannes. Su Gino Monetti, con todas sus miserias, sus delirios como patriarca y su astucia trasnochada, así como por su humanidad y ese acento italiano, es una delicia y una forma de comprobar hasta donde podía llegar la fuerza en pantalla de un personaje interpretado por alguien de tanta capacidad como Robinson. Una actuación sobria y brillante, con la que hasta puedes llegar a sentir simpatía por un personaje tan miserable como excesivo. Desde las escenas más cercanas a la comedia (como cuando trata de convencer a su futura consuegra de permitir una boda que no tiene muy clara debido a los líos de faldas de Max o su gusto por cantar acompañando a sus óperas favoritas, que reproduce a volumen infernal) a los momentos más dramáticos (excelente la escena en que se queda contemplando su propio retrato o cuando se da cuenta de que sus hijos le dan la espalda y le recomiendan que haga como cualquier viejo, que se vaya a un parque a alimentar a las palomas), todo forma de una actuación llena de dinamismo que es una auténtica obra de arte. Inalcanzable para actores comunes.

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Robinson siempre destacó Odio Entre Hermanos como una de sus favoritas, su premio en Cannes seguramente ayudaría a ese apego por el film, pero asimismo admiraba enormemente a Mankiewicz, del que también destacaba Eva Al Desnudo o La Huella entre películas que consideraba extraordinarias, lo cual es mucho decir por alguien renegaba de la mayor parte del séptimo arte. A pesar del reconocimiento que su actuación tuvo en el festival de Cannes eso no se tradujo en nada, siendo la última película que realizó antes de que lo que originó la caza de brujas prácticamente destruyera su carrera y le condenara no sólo a una drástica reducción de su volumen de trabajo, pudiendo sólo acceder a participar durante años únicamente en películas de bajo presupuesto. En Estados Unidos seguían apareciendo acusaciones sobre su supuesta adhesión al partido comunista, incluso se le llegó a acusar de ser uno de los principales agentes de Stalin en Hollywood. Toda esa paranoia y ese acoso no sólo empezó a dañar gravemente su carrera como actor, tampoco ayudó a la estabilidad psicológica de su mujer, que por aquel entonces volvió a pedirle el divorcio. Robinson recopiló toda la información que pudo para defenderse y se la mandó a un antiguo amigo, director del FBI, John Edgar Hoover, pero sólo recibió una formalidad por respuesta.

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