THE HATCHET MAN (1932)

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Wong Low Get, sicario de uno de los Tongs del barrio chino de San Francisco a principios del siglo XX, recibe el encargo de acabar con la vida de Sun Yat Ming, que es su mejor amigo y mató a un miembro de su Tong. Aunque intenta conseguir ser liberado de su sangriento cometido los dirigentes de su asociación le obligan a cumplir con el juramento que hizo cuando pasó a heredar sus obligaciones. Cuando va a cumplir con su tarea, a golpe de hacha, Sun le informa de que en su testamento, que había hecho antes de saber que Wong iba a ser quien le ajusticiaría, le deja toda sus posesiones, incluida su hija Toya, de la que debe hacerse cargo y con la que deberá casarse cuando sea mayor de edad. Pasan los años, las guerras entre Tongs han caído en el olvido y Wong, que en cierta forma lleva un estilo de vida alejado de la tradición china, lleva un negocio de forma exitosa. Toya ya es mayor de edad y Wong, acorde con una mentalidad más abierta, le pide consentimiento para casarse, a lo que Toya accede, a pesar de que él sea significativamente mayor que ella. La influencia de mafiosos norteamericanos vuelven a meter a los Tongs en guerras, por lo que Wong y otros miembros de su Tong deben llevar guardaespaldas, entre ellos Harry En Hai, quien ya había conocido a Toya de soltera en una sala de fiestas. Después de que Wong desempolvara sus hachas para eliminar a los mafiosos que estaban extorsionando a su asociación descubre que Toya le estaba engañando con Harry. De nuevo debe hacer uso de sus mortíferas habilidades pero Toya le recuerda que él había jurado que la felicidad de ella era su prioridad, por lo que los deja marchar. Wong, sólo y despreciado por su Tong por no haber matado al que le humilló, cae en la desgracia y en la pobreza, debe trabajar en el campo y Harry es deportado a China junto a Toya por haber traficado con opio.

Dirigida por William A. Wellman The Hatchet Man es una de esas películas que podría haber dado más de sí, pero un metraje demasiado corto y la falta de profundidad en ciertos aspectos en el desarrollo del argumento la lastran demasiado. La historia es muy interesante, a pesar de contar dentro del argumento con algo tan típico como eso de “individuo que se casa con una mujer pero esta pasa a interesarse por otro hombre más joven y/o atractivo”. La filmografía de Robinson tiene bastantes títulos con una trama muy similar aunque en diferentes ambientes: The Hatchet Man, Tiger Shark, Manpower y A Lady To Love me vienen a la memoria, y siempre tocándole a Robinson “la china”. A pesar de todo eso el film tiene un atractivo innegable, y es que ver a Robinson y Loretta Young interpretando a chinos caracterizados como tales es motivo suficiente para interesarse por esta película. Algo así, que no era la primera vez para Robinson y que ahora resultaría extraño, no lo es tanto ya que los estudios de Hollywood sabían que tendrían mucho más tirón comercial sus estrellas habituales que actores asiáticos. Además, al ser una película realizada antes del código Hays, se muestran sin tapujos fumaderos de opio o una escena tan espeluznante como el final. Otro punto muy positivo de la película está en la ambientación y en el escrupuloso respeto a la cultura y tradiciones chinas, aunque trate de sicarios, traficantes de opio y demás.

Robinson, que también consiguió que su mujer Gladys tuviera un pequeño papel en la película, calificó a The Hatchet Man como “horrible”, calificativo que también le dedicó parte de la crítica tanto a la película o a su participación, aunque su actuación también tuvo buenos comentarios. Puede ser que quien diga que sus maneras en el film poco tienen que ver con un asiático tenga razón, pero su actuación es bastante buena, a la altura de cualquier otra de esa época. A esas alturas de su carrera Edward G. Robinson ya estaba adaptado a su vida en Hollywood, y a pesar de que pudo usar una clausula en su contrato que le permitía dedicarse al teatro durante una parte del año, no la empleó, dedicándose a la vida social hollywoodiense, aprender a conducir y a viajar a Londres, París o Roma. En Londres fue recibido por titulares de la prensa como: “Llega el Al Capone de la gran pantalla”, y en Roma tuvo la oportunidad de tener una audiencia con el Papa.

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