THE RED HOUSE (1947)

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En La Casa Roja tenemos a Pete y Ellen Morgan (Edward G. Robinson y Judith Anderson), hermanos y granjeros autosuficientes que llevan una vida aislada del resto del mundo y que conviven con Meg (Allene Roberts), huerfana que acogieron al fallecer sus padres. Pete, debido a un accidente, tiene una pierna de madera, y aunque nunca ha tenido problemas para llevar a cabo las tareas de su granja al hacerse mayor necesita ayuda por lo que Nath (Lon McCallister), un amigo y compañero de estudios de Meg acepta trabajar en la granja de los Morgan al salir de clase. Meg, aunque lo oculta, se siente atraída por Nath, que tiene como novia a Tibby (Julie London), quien también tontea con Teller (Roy Calhoun), alguien que parece ser una especie de vigilante solitario del bosque de la zona con quien Tibby se encuentra habitualmente camino a casa. Nath, después de acabar su primera jornada y cenar con los Morgan y Meg, se sorprende al comprobar que los chismorreos sobre lo extraño que se supone que son los hermanos, rumores que proceden del pueblo donde vive, son infundados, encuentra que son buena gente y se siente muy bien entre ellos. Pero al querer volver a casa andando esa noche comenta que va a atajar por el bosque que hay entre la granja y su pueblo, en vez de ir por la única carretera que lleva hasta el hogar de los Morgan, Pete le pide rotundamente que evite cruzar el bosque, y más con el temporal que se ha presentado, que supone mucho peligro y que lamentará hacerlo, pero Nath se envalentona y decide hacer caso omiso de esas advertencias. Una vez en el bosque Nath no encuentra forma de cruzarlo en la oscuridad y además le aterrorizan los gritos que cree escuchar, algo que Pete ya le había avisado, y decide volver a la granja de los Morgan donde hace noche. Pete parece obsesionado por una casa roja que es la fuente de sus temores acerca de cruzar el bosque, y Nath, desoyendo los consejos de su patrón, intenta encontrar en compañía de Tibby y Meg esa casa tan misteriosa.

La Casa Roja, dirigida estupendamente por Delmer Daves, es un film tan extraño como brillante y sugerente. Se trata de una película sumamente influyente y original, con un trabajo extraordinario de todo el reparto, dotada de una mezcla de estilos apabullante y con una atmósfera en la cual lo aparentemente inocente y lo malsano se mezclan de forma sorprendente, donde la luz y la oscuridad conviven y donde un pasado tan tortuoso como opresivo domina en todo momento, un ejemplo de como lo que se cuenta y lo que se sugiere puede tener similar importancia. También resulta un film valiente, que trata de temas tabús en una época en la que había que hacer malabarismos para intentar meter en una producción de Hollywood temas tan peliagudos como los que se muestran en esta obra. Lo que en apariencia parece ser un drama juvenil en su comienzo y rural se va convirtiendo en algo mucho más oscuro, con personajes con una psicología muy compleja. A eso obviamente ayuda un reparto maravilloso, donde además de un fenomenal e intenso Robinson tenemos a Judith Anderson, cuya presencia siempre está marcada por una singularidad tan profunda como absorbente. Pero también Allene Roberts, Lon McCallister, Roy Calhoun y Julie London cumplen con su cometido de forma brillante, dotando al film de una naturalidad que hace olvidar sus escasos defectos. Las escenas del bosque son estupendas, y la presencia, tanto psicológica como física, de esa casa roja es un elemento muy importante de la película, que domina el metraje y cuyo aspecto no decepciona cuando finalmente no encontramos con ella, con una apariencia lóbrega y espeluznante.

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La Casa Roja también supone la única vez en la que Edward G. Robinson participó en la producción de un film, seguramente influido no sólo por sus problemas con el mccarthismo, también el productor Sol Lesser pensó que respaldado por Robinson podría tener el empuje necesario para llevarlo a cabo y le ofreció que participara, pero aunque la película tuvo éxito y resultó rentable lo de ser productor no era algo que estimulara mucho al actor. Delmer Daves y Robinson estuvieron de acuerdo con que el guión con el que empezaron, escrito por el propio Daves, no terminaba de funcionar, por lo que contactaron con Albert Matz para mejorarlo.  En esa época empezaba a sentirse desplazado de Hollywood a causa de su edad, veía que su popularidad y poder se habían visto mermados, aunque aún no sabía que en parte el descenso de su volumen de trabajo no sólo se debía a sus años, también a las acusaciones hacia su supuesta colaboración con comunistas, que ya le estaban perjudicando y por las cuales recibía abundantes cartas amenazadoras, aunque ese fuera únicamente el principio y su carrera se vería mucho más perjudicada en años posteriores. Por otra parte, ya hacía tiempo que había dejado de ser era una de las más grandes estrellas en el firmamento de Hollywood, algo lógico para alguien entrado en los 50, pero eso no influía negativamente en su trabajo en frente de las cámaras, todo lo contrario. Su talento innato se enriquecía con la experiencia, y aunque se puedan valorar estupendamente sus actuaciones en la década anterior no se puede negar que es a partir de los 40’s cuando la excelencia era el común denominador de la mayoría de sus interpretaciones. Daba igual la diversidad de sus personajes en películas como The Red House, Our Vines Have Tender Grapes, Scarlet Street, Key Largo o House Of Stangers, todo lo que hacía estaba impregnado de un brillo extraordinario, unas actuaciones eternas y prodigiosas, en las que se podía observar una evolución en su forma de actuar y en las que a pesar de lo que pudiera comentar el propio Robinson en alguna ocasión no daba la impresión de tomarse a la ligera ninguna película, por mucho que llegara a participar más tarde en producciones de bajo presupuesto.

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