THUNDER IN THE CITY (1937)

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Dan Armstrong (Edward G. Robinson) es un publicista norteamericano con métodos muy espectaculares que viaja a Inglaterra para empaparse de otras técnicas comerciales más tradicionales, de un perfil más bajo. Una vez allí visita a unos familiares lejanos, aristócratas en horas bajas que entienden que Dan es un hombre de éxito del que van a poder servirse para revertir su situación económica. Dan, tan llano como espontáneo, aprovecha su amistad con los campechanos duques de Glenavon (Nigel Bruce y Constance Collier) para interesarse por la producción del magnalito, un metal de nuevo descubrimiento que parece suponer una evolución, más resistente que el acero y más ligero que el aluminio, y cuyo descubrimiento se hace en una isla perteneciente al Duque de Glenavon. También Dan se siente atraído por Patricia, la hija de los Duques, aunque esta parece estar más interesada por el supuesto estatus económico del americano, que encuentra como rival para hacerse con los derechos para comercializar el magnalito  y por el corazón de Patricia en la persona de Manningdale (Ralph Richardson), hábil y avieso empresario británico al que también le une una amistad con los Duques, pero nada puede hacer ante las astutas maniobras de Dan para hacerse con la exclusiva del magnalito, aunque eso no evite que vaya a intentar interponerse en el camino del americano, tanto en los negocios como por la atención de Patricia.

Thunder In The City es una curiosa y lograda comedia en la que prima la elegancia por encima de todo. Dirigida por el ruso Marion Gering la película puede resultar tan ligera como entretenida, recayendo en los actores principales todo el peso, y el encanto, de este film. Alejado por una vez de sus papeles de personajes con fuerte carácter Robinson tiene una actuación brillante y agradable. Realmente no parece un papel que le presentara grandes dificultades; la simpatía y espontaneidad de Dan Armstrong le van a Robinson como anillo al dedo demostrando que podía ser el centro de atención de films en los que no tuviera que recurrir al vigor o a la vehemencia. Ralph Richardson también tiene una buena actuación, muy en su onda, aunque nada que hacer ante Robinson, tampoco ante un excepcional Nigel Bruce, cuya clase y cercanía convierten a su Duque de Glenavon en otro más de esos personajes tan encantadores que solía interpretar.

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La relación entre Edward G. Robinson y Warner Brothers estaba pasando por otra etapa tormentosa y después de confirmarse a Paul Muni para dar vida a Louis Pasteur parecía que el estudio estaba preparando una biografía de Beethoven para contentar a Robinson, pero al no terminar de cuajar el actor sintió que le estaban tomando el pelo y como no interesarle otros proyectos ofrecidos por la Warner de más de lo mismo de siempre no tuvo ningún problema para que su estudio le cediera de nuevo a Columbia Pictures para la realización en Inglaterra de Thunder In The City, que fue financiada en parte por fondos de inversiones de viudas y huérfanos británicos. Durante las primeras semanas de rodaje Robinson no terminaba de estar contento con el material, por lo que exigió a los productores que Robert Sherwood trabajara en mejorar el guión original de Abel Kandell. En esa estancia londinense pudo comprobar que el acoso que recibía por parte de sus seguidores era similar a la que tenía en casa y allá por donde iba siempre tenía a la prensa siguiéndole sus pasos. También Inglaterra le marcó a Robinson el principio de su afición por la adquisición de obras de arte a gran escala.

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2 respuestas a THUNDER IN THE CITY (1937)

  1. Addison de Witt dijo:

    Realmente me da buen rollo esta pelicula, no la he visto, ni había oído hablar de ella tampoco, pero intentare hacerme con ella para este fin de semana.
    Gracias y enhorabuena por este blog, es fantástico.
    Saludos.

    • gonzalo120w dijo:

      Gracias por tus palabras, Addison. Es una película que merece la pena, no te esperes de todas maneras un clásico, pero sí que es una peli con su atractivo, a pesar de lo ligerita que pueda ser.
      ¡Saludos!

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