MACKENNA’S GOLD (1969)

 

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El sheriff Mackenna (Gregory Peck) es atacado en el desierto por un indio, al que hiere mortalmente. Prairie Dog, el jefe indio apache sospechaba que era perseguido para encontrar un mítico yacimiento de oro de su tribu, situado en un cañon del que nadie aparte de los apaches conoce la localización. El sheriff puede ver entre las cosas del jefe indio el mapa que indica como llegar hasta el oro, pero decide quemarlo, ya que considera que todo es una leyenda que no tiene ningún fundamento. Cuando está cavando la fosa para Prairie Dog el sheriff es atrapado por Colorado Jim (Omar Sharif), un forajido que busca el oro apache acompañado por otros bandidos y varios indios, también de Inga (Camila Sparv), la hija de un juez que han secuestrado después de matar a su padre. Colorado conoce a Mackenna de vivencias anteriores y además de querer ajustar cuentas sabe que es un excelente jugador de juegos de cartas debido a su gran memoria. Viendo los restos de una hoguera deduce que el sheriff ha visto el mapa que estaba buscando, por lo que le fuerza a que le guíe hasta el oro a cambio de salvar su vida y la de Inga. Por el camino se encontrarán con un pintoresco grupo que también quiere llegar al oro apache, entre los que se encuentran Old Adams (Edward G. Robinson), la única persona que pudo ver el mítico oro con sus propios ojos y vivir para contarlo, pero que pagó un alto precio por ello, los apaches se aseguraron de que su oro fuera lo último que viera Old Adams quemándole los ojos.

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Mackenna’s Gold supuso el retorno de Robinson al cine norteamericano después de su etapa, no demasiado brillante, en el cine europeo. Es un western un tanto pretencioso, que tiene la búsqueda de un legendario filón de oro como excusa para reunir a un estupendo elenco de intérpretes, de largo lo mejor que puede ofrecer esta película. Los mejores momentos están a cargo de sus protagonistas, principalmente en las escenas más intimistas. Pero buena parte del metraje tira por tierra el conjunto. Se abusa de efectos sonoros y algunos trucos visuales bordean la chapuza. El montaje de algunas escenas de acción es muy pobre y algunos personajes resultan grotescos, otros no aportan gran cosa para el tiempo que están delante de la cámara. Pero claro, tener en pantalla a gente de la calidad de Gregory Peck, Omar Sharif o el propio Robinson hace que al menos ver esta película no sea una completa pérdida de tiempo. La participación de Robinson es escueta pero jugosa, prácticamente se reduce a un gran monólogo, uno de los mejores momentos del film, creíble, con intensidad y voz profunda. El propio Gregory Peck no tuvo reparos en alabar esa escena en el mismo set, afirmando en el momento que Robinson era el mejor de todos y que ojalá él pudiera estar a su nivel. Un cumplido generoso y demasiado humilde, Peck también tiene momentos brillantes que dejan buen sabor de boca en un film con muchísimos altibajos.

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 David Garfield (el hijo de John) junto a Edward G. Robinson
Wallach Shoots Co Star 1967El recientemente fallecido Eli Wallach y Edward G. Robinson en el set

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FLESH AND FANTASY (1943)

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Dos amigos se reúnen en un club, uno de ellos está muy preocupado por un sueño que ha tenido, por lo que el otro decide contarle tres historias relacionadas con su problema. En una de ellas, Henrietta (Betty Field), una amargada y poco atractiva solterona que pasa desapercibida entre los hombres es convencida por un vendedor de disfraces para que oculte su rostro con una máscara en el Mardi Gras de Nueva Orleans y así compruebe si con su rostro escondido puede atraer a Michael (Robert Cummings), el hombre que desea. Otra de las historias sucede en Londres, donde Marshall Tyler (Edward G. Robinson) tiene un encuentro con el vidente Septimus Podger (Thomas Mitchell), que leyéndole la mano ve que va a cometer un asesinato, algo que Tyler en un principio encaja con mucho escepticismo, aunque en vista de los aciertos del vidente no tarda en obsesionarse con el asunto y trata de precipitar los acontecimientos. El relato final tiene como protagonista a Paul Gaspar (Charles Boyer), un equilibrista que hace sus números sobre un cable sin contar con red de seguridad. Gaspar tiene un sueño en el que durante una de sus actuaciones cae y en el que aparece entre el público una mujer desconocida. Días después y durante un trayecto en barco se encuentra con la desconocida, Joan Stanley (Barbara Stanwyck), lo que le hace preocuparse y plantearse sus actuaciones.

faf01Flesh And Fantasy es otra película dividida en varias historias dirigida por el francés Julien Duvivier, como ya hiciera con Tales Of Manhattan. En esta ocasión, los sueños, la videncia y las supersticiones son el nexo en común de las tres historias. Producida por Charles Boyer, que también actúa en el último de los episodios, no tiene un reparto tan deslumbrante como la Tales Of Manhattan, pero el resultado es bastante digno, a pesar de lo floja que es la primera parte. Es la segunda historia, basada en un relato de Oscar Wilde, Lord Arthur Savile’s Crime, la más interesante y atractiva de las tres que componen esta película. No sólo merece la pena por ver a dos colosos del nivel de Edward G. Robinson y Thomas Mitchell interactuando, también es una buena historia que funciona bastante bien. Es todo un aliciente ver a Robinson dialogando con su lado perverso en unas escenas que quizás sean lo mejor del film y en las que no falta un morboso sentido del humor. El final de esta historia dista mucho de la original de Oscar Wilde, añadiéndole mayor dramatismo.

Por otra parte, la primera de las historias, con Robert Cummings y Betty Field en los carnavales de Nueva Orleans no aporta mucho y se queda en un ejercicio bastante pueril. Otra cosa es la última, no tan interesante como la segunda pero merece la pena aunque sea por ver a Barbara Stanwyck y a Charles Boyer, que interpreta a un equilibrista que camina por un cable simulando estar borracho.

 

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SILVER DOLLAR (1932)

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Yates Martin (Edward G. Robinson) es un buscador de oro que llega a Colorado en busca de la solución a sus problemas económicos en plena fiebre del oro, sin mucha suerte pero lleno de optimismo y buenas intenciones. Todos sus intentos por encontrar un buen yacimiento son en vano y por mucha buena disposición que tenga no logra ninguna concesión que le proporcione lo que tanto espera, por lo que su mujer Sarah (Aline MacMahon), mucho más realista, le fuerza a montar una tienda de suplementos para los buscadores de oro de la zona. Pero el exceso de confianza y la testarudez de Yates le impiden ver que su forma de proceder, entre otras cosas, lleva a su comercio a la ruina, por lo que llega un momento en que debe replantearse su vida y a decidirse dejar Colorado, pero cuando ya había asumido su fracaso, un par de clientes con los que había pactado beneficiarse de una tercera parte de lo que encontraran en las minas a cambio de todos los suplementos que necesitaran, le informan de que han encontrado un gran yacimiento de plata por lo que los Martin se hacen ricos de la noche a la mañana. Yates es aconsejado a presentarse como gobernador, y lo consigue, gracias a su buen carácter y a que no duda en prometer que compartiría su riqueza con los ciudadanos, por lo que una vez siendo elegido invierte dinero para hacer que Denver sea una ciudad tan atractiva como Chicago o Nueva York, con un gran teatro para la ópera incluido. Pero todo ese nuevo estatus le lleva a distanciarse cada vez más de la práctica Sarah, más aún después de conocer a la glamurosa Lily Owens (Bebe Daniels), una relación que pone en peligro el matrimonio Martin.
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El guión de Silver Dollar es una ficción sobre la vida de Horace Tarbor, buscador de oro que terminó siendo senador republicano de Estados Unidos en el siglo XIX. Dirigida por Alfred E. Green, con quien también Robinson colaboraría en otra ficción sobre otro polémico personaje, J. Ogden Armour en I Loved A Woman, otra película bajo los mismos parámetros que Silver Dollar: ascenso y caída, infidelidades, etc. Es una película correcta de un director no demasiado personal, que tiene en Robinson y en Aline MacMahon motivos más que suficientes para justificar su visionado. Robinson tiene una actuación bastante completa, es muy interesante verle en un carrusel de situaciones y registros y nunca perder de vista la identidad de su personaje. No se puede dudar del estatus de Robinson en esa época, su presencia domina la mayoría de las escenas, aunque tampoco estamos ante una actuación a la altura de Little Caesar o Five Star Final.

Durante el rodaje Robinson supo que iba a ser padre de su único hijo, circunstancia que le aterrorizaba, sabía de las dificultades que un embarazo le iban a causar a su mujer Gladys, quien ya había tenido otro hijo en un anterior matrimonio y que había sido informada del riesgo que conllevaría para su vida volver a quedarse embarazada. También por esas fechas Robinson se implicó muchísimo en la campaña para la presidencia del gobierno norteamericano del demócrata Roosevelt, a pesar de que contara con las reticencias de buena parte de los peces gordos de Hollywood. No sólo es que pudieran ser simpatizantes de los republicanos, tampoco gustaba demasiado que sus estrellas se involucraran tanto en el activismo político. Pero el hecho de que Roosevelt lograra su victoria en 1932 fue algo que entusiasmó a Robinson de tal manera que lo celebró dando una fiesta por todo lo alto. Ya nunca abandonaría el interés por la política.

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THE VIOLENT MEN (1955)

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El ambicioso Lew Wilkinson (Edward G. Robinson) no ceja en su empeño de poseer todos los terrenos adyacentes a Anchor, que es el nombre de su rancho, en el cual empezó desde la humildad y con una extensión mucho menor en sus inicios, pero que fue ampliando gracias a su trabajo, a su poder de persuasión y a su falta de escrúpulos para conseguir lo que quiere, hasta convertirse prácticamente en el dueño de todo el valle, lo que le sirve no sólo para manejar a su antojo a su entorno, también así puede satisfacer de alguna forma a su mujer Martha (Barbara Stanwyck), ya que tiempo atrás un altercado con uno de los rancheros vecinos le dejaron casi inválido, lo que además le obligó a requerir los servicios de su hermano Cole (Brian Keith) para terminar de “convencer” a los pocos osados que aún permanecen en la zona interponiéndose en el camino de los Wilkinson para dominar la zona, pero Cole, además de ser decisivo para añadir terrenos a las posesiones de su hermano también da buena cuenta de Martha, que en realidad detesta a su anciano y tullido esposo por mucho que ponga a su disposición todo lo que les alcance la vista desde su hogar. Con todo, Martha sabe que Cole también está interesado en una joven mejicana, algo que descubre Judith (Dianne Foster), la atractiva y pelirroja retoña de los Wilkinson, que está harta de toda su familia y de un entorno hosco y violento, aunque opta por no decir nada acerca de la infidelidad de su maquiavélica madre. John Parrish (Glenn Ford), que necesitaba un clima cálido para recuperarse de una herida de bala de sus tiempos de militar, compró una de las propiedades a la que después los Wilkinson le echaron el ojo para añadirla a sus posesiones. John, después de una larga recuperación tiene la intención de volver con su prometida a su ciudad natal y deshacerse de su rancho, por lo que intenta llegar a un acuerdo con los Wilkinson. Pero el ex-militar, además de darse cuenta de que su novia no ve en él a un hombre, si no un billete de tren para salir de los parajes áridos del oeste norteamericano, considera un insulto el dinero ofrecido por su tierras y su ganado, así como excesiva la violencia exhibida por  la banda de Cole para obligar a otros rancheros a malvender sus propiedades y detesta los tejemanejes de Lew con la ley. Todo lo cual le motiva a quedarse y a plantar cara junto a otros vecinos, a los que lidera valiéndose de sus habilidades bélicas.

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Primera película en cinemascope en la que participó Edward G. Robinson (si se obvia su cameo en It’s A Great Feeling) y otro western que añadir a su filmografía, un género que detestaba. Aquí se vuelve a reunir con Glenn Ford y Barbara Stanwyck en una película más que correcta y bien interpretada por su trío protagonista, adecuadamente apoyado por secundarios de buen nivel como Brian Keith y Dianne Foster. En su mayor parte The Violent Men es un film con su carga de intensidad, en el que todo gira alrededor del noble y cabal ex-militar (Ford), el ambicioso y tullido terrateniente (Robinson) y la pérfida y manipuladora arpía (Stanwyck). Las tres estrellas ofrecen en espacios abiertos su habitual buen hacer en una historia que podría trasladarse sin ningún problema al cine negro, con ambición, traiciones, pasión y demás elementos que conforman un guión interesante. El uso del cinemascope está más que justificado en algunas hermosas panorámicas. El punto débil de The Violent Men está en la precipitada resolución de los acontecimientos finales, todo hecho demasiado deprisa y corriendo, carente de emotividad. Un acabado que casi termina por echar a perder lo que era una buena película hasta los minutos finales.

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THE OUTRAGE (1964)

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En una estación de ferrocarril coinciden tres personajes muy diferentes mientras esperan al próximo tren en una desapacible noche. Un desilusionado sacerdote (William Shatner) y un buscador de oro (Howard Da Silva) cuentan a un timador (Edward G. Robinson) el desarrollo de un juicio público en el que se procesó a Juan Carrasco (Paul Newman), bandido mejicano acusado de múltiples fechorías, la última de las cuales y po la que se juzga es haber matado a un viajero (Laurence Harvey) y violado a su mujer (Claire Bloom). Tres testigos prestaron declaración: el cuatrero Carrasco, la mujer y un curandero indio que pudo hablar con el fallecido durante sus últimos minutos de vida, después de que recibiera una puñalada. El timador consigue sonsacar su propia historia al buscador de oro, que presenció parte de los acontecimientos. Cada una de las declaraciones prestadas en el juicio y la que escuchan en la estación de trenes contradecía significativamente a las demás, haciendo difícil saber hasta que punto Carrasco fue culpable de ese asesinato, lo que lleva al sacerdote a cuestionar su propia fe y a querer abandonar la zona y su profesión.

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The Outrage (Cuatro Confesiones), dirigida por Martin Ritt, es un remake del mítico film de Akira Kurosawa, Rashomon. Esta adaptación se gestó después del gran éxito de una adaptación en Broadway a finales de los 50’s, protagonizada por Claire Bloom y Rod Steiger. Pasa por ser una muy buena adaptación de una obra difícilmente igualable, en la que la búsqueda de la verdad se encuentra dificultada por la falta de valores y el ego de los protagonistas. Reflexiones muy profundas y muchas formas de interpretar unos hechos. Cada uno ve lo que quiere ver y dice lo que quiere oír. El testimonio que podría ser el más fiel es también el que deja peor parados a los protagonistas de la historia central, con momentos casi cercanos a la comedia en esa parte del film, en contrapunto con la solemnidad de las otras declaraciones. Una película básicamente de actores, todos magníficos, a veces con algunos momentos teatrales, pero muy bien llevada en todo momento. Imaginarse al refinado Robinson, en una época realmente productiva, como timador podría ser difícil de encajar, hasta verlo en esta película. Desde el mismo instante en que aparece se adueña de la escena y ya es casi imposible dejar de seguirlo. Exprimiendo toda la picardía, el sarcasmo, la sinceridad brutal y el humor arrabalero del timador como sólo lo podrían haber hecho Walter Brennan o W.C. Fields. Un retrato encantador de un truhán, un vendedor de aceite de serpiente y trilero que da lecciones de la vida y de la moral a un sacerdote. Aquí tenemos a un actor en estado de gracia, con voz profunda y una vitalidad contagiosa. Pero no sólo de un memorable Robinson vive The Outrage, Paul Newman, tremendamente caracterizado, destacó su actuación en The Outrage como una de las mejores de su carrera, y el resto del reparto también está a gran altura, mostrando gran credibilidad en todo momento. Una película que, como la original, admite muchas lecturas y aporta algo nuevo a cada visionado.

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ILLEGAL (1955)

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Victor Scott (Edward G. Robinson) es un fiscal de gran (y siniestro) éxito: nadie lleva a sus espaldas tantas sentencias de muerte como él. Se toma su trabajo muy en serio y cada vez que sube al estrado no contempla otra opción que la de ganar. Pero llevar a criminales a la silla eléctrica en realidad no es su objetivo, que es el de ser gobernador, algo que tiene en mente desde la primera vez que abrió un libro de leyes. Ellen Miles (Nina Foch) es su principal ayudante e hija de un amigo fallecido, de la que prometió ocuparse y hacer las veces de padre, aunque Ellen, a pesar de la diferencia de edad, ve a Victor como algo más que un figura paterna, pero el fiscal no tiene tiempo para romances, por lo que su ahijada termina por vincularse sentimentalmente con Ray Borden (Hugh Marlove), detective de la fiscalía. Pero súbitamente el mundo de Victor Scott  se desmorona completamente. Acaba de mandar a Ed Clary (DeForest Kelley) al corredor de la muerte por asesinato, pero antes de que éste llegue a su fatídico final aparece el verdadero culpable, herido de muerte en una confrontación con la policía, y que en sus últimas horas en el hospital confiesa la autoría de varios crímenes, entre ellos el que le ha servido a Ed Clary para ser condenado a muerte. Scott trata de detener la ejecución del inocente al que ha enviado la silla eléctrica, pero es demasiado tarde. Hundido, deja la fiscalía. Prefiere ver a cien criminales libres antes de mandar a otro inocente a la muerte. Se consuela con la bebida, lo que le lleva a compartir alguna noche celda con otros detenidos por embriaguez y escándalo público. Está en sus horas más bajas, pero quiere dedicarse al derecho civil. Le cuesta, su imagen ha sufrido un duro revés y todos quienes le rendían pleitesía le vuelven la espalda. Empieza a recuperase con métodos reprobables que se aprovechan de cualquier recoveco legal para su beneficio. La pericia de Scott llama la atención de Frank Garland (Albert Dekker), mafioso que usa múltiples empresas como tapaderas de turbios negocios y que tiene un informador en la fiscalía, del que obtiene información que le beneficia y le pone en alerta sobre los movimientos que se producen en su contra. A pesar de que Garland fue en sus tiempos un objetivo de Scott, al que poco le faltó para poder imputarle por sus múltiples chanchullos, las circunstancias le llevan al ex-fiscal a trabajar para el mafioso y enfrentarse a su antigua oficina.

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 Illegal, de entre todas las películas que Robinson hizo en su etapa más oscura (vetado de las grandes producciones debido a sus problemas con el Comité de Actividades Antiamericanas), quizás sea la más lograda y la que cuenta con una interpretación más completa del actor, (junto quizás a Black Tuesday) en unos tiempos en que estaba siendo vapuleado constantemente por su liberalismo, a punto de divorciarse y de llegar a la tercera edad. Cine de bajo presupuesto pero bien construido, con una dirección bastante decente de Lewis Allen, con sus defectos pero con suficientes elementos como para que su visionado merezca la pena, a pesar de un final algo flojo y demasiado ambiguo. El abogado interpretado por Robinson es un personaje que empieza en lo más alto, soltero amante de su libertad y de su trabajo, pero desciende al infierno de golpe, cae en el alcoholismo y termina por convertirse en un letrado que no tiene escrúpulos ni moral para bordear la ley a su antojo, dar espectaculares golpes de efectos en juicios y convertirse en una pesadilla para los que antes le admiraban. No es una actuación que esté entre las mejores de su carrera, pero si que muestra que no había perdido capacidad y que sus problemas personales poco importaba cuando se ponía delante de una cámara y disponía de un personaje interesante. Quizás la parte más floja del guión, obra de W.R. Burnett (Little Caesar) en colaboración con James R. Webb, sea el repentino cambio de parecer del abogado acerca de trabajar para mafiosos, pero quitando eso estamos ante una película con cierto brillo, en el que todo lo relacionado con leyes, pleitos y demás se cuidó al máximo. También estamos ante uno de los primeros papeles de cierta importancia de la explosiva Jayne Mansfield. Suyos son, por supuesto, los momentos más sensuales del film. Para Illegal Robinson llegó a aportar para una de las escenas algunas obras de arte de su propia colección, lienzos de Degas y Gaugin entre otros, valoradas en 200.000 dólares de la época.

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THE BIGGEST BUNDLE OF THEM ALL (1968)

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Harry Price (Robert Wagner) junto a su novia Juliana (Raquel Welch) y a unos increíblemente torpes e inexpertos compinches secuestran a la salida de un entierro en Nápoles a Don Cesare Celli (Vittorio De Sica), un ex-capo mafioso que reinó en Estados Unidos décadas atrás pero que vive retirado y subsiste gracias a las ayudas de un familiar que sigue en norteamérica y al que no duda en recurrir ante las amenazas de Harry. Pero su pariente fallece al teléfono cuando Celli le está pidiendo el dinero y debe intentar otras vías para pagar su propio rescate, algo que no consigue a pesar de procurarlo de varias formas. Sus antiguos “amigos” le dan la espalda y todo lo que intenta le sale mal, así que Harry se da cuenta de que el secuestro es un fracaso y decide dejar al anciano en paz. Pero Don Cesare, que tiene mucho orgullo y quiere demostrar que aún es alguien, le ofrece a Harry y los demás que le ayuden a dar un golpe, con el que planea sacar cinco millones de dólares con la ayuda de un viejo amigo, el Profesor Samuels (Edward G. Robinson), antiguo colaborador y cerebro de multitud de golpes legendarios.

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Otra más de las películas de la etapa europea de Robinson y otra comedia a la italiana en su vertiente más cutre, muy floja y con Robinson, en una participación poco más que testimonial, de nuevo como cerebro de golpes delictivos muy elaborados. Con un reparto como ese podría esperarse más, pero tanto Robinson, como De Sica y Wagner están irreconocibles en unas intervenciones muy pobres. Poco aprovechable que se pueda sacar de una película supuestamente divertida, que pasa sin pena ni gloria y en la que ni siquiera se puede escuchar la voz original de Robinson, doblado por un actor italiano. Al menos sale Raquel Welch, exhuberante y guapísima, lástima que todo lo demás sea un cúmulo de escenas insípidas una detrás de otra y sea difícil encontrar algún momento interesante aparte de la presencia física de la Welch.

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